La tenacidad
Sobre mis padres
Cuando mi mamá llegó una tarde más temprano de su trabajo en Conavi y nos contó que ya no trabajaría más en el banco, le propuse que se volviera cantante. Yo tenía seis años. Era el tiempo de la fusión con Bancolombia, y mi mamá había salido. También le propuse que montara una tienda o una papelería. Me angustió profundamente el escenario de que mi mamá se quedara sin trabajo. Busqué todas las ideas posibles para ayudar.
Mi mamá no se volvió cantante. Tampoco aceptó otros trabajos que le ofrecieron en otras empresas. A sus cuarentaipico de años decidió algo más radical: hacer por primera vez lo que la hacía feliz, a pesar del incierto retorno de inversión de la felicidad. Se dedicó, como tantos colombianos, a ser «independiente». Quizás, claro, logró una independencia más cómoda y próspera que la de muchos, en la que no se llama así sino «rebusque», si es que no «emprendimiento», nombre del que suele abusarse para disimular lo que en la práctica es desempleo, pero recuerdo angustias similares a las de esa tarde que llegó más temprano.
Hubo años muy buenos, en los que las consultorías abundaban. Pero había años que se sentían quietos. Me acuerdo del 2009. Mi mamá salía a visitar a empresas a ofrecerles su servicios y la veíamos volver con malas noticias. Un día de ese año le salió un proyecto y no pude sentirme más feliz. Fue el único que tuvo ese año, y con el que logramos pasar varios meses. Nunca nos faltó lo esencial, pero hoy, de adulto, puedo imaginar el esfuerzo que mis papás hacían para que un peso rindiera por tres. Mi papá por suerte tenía un buen trabajo fijo, y eso ayudaba, aunque también hubo una época en la que se quedó sin empleo.
Cuando llegaban las matrículas del colegio en diciembre, siempre me angustiaba pensar lo mucho que costaban. No les decía a mis papás, pero miraba con temor la cifra de la colilla de pagos. Pensaba luego qué vendría en navidad. ¿Habría para un regalo? El villancico de dónde están los juguetes me influía mis temores de pobreza, así esto significara, no sé, no recibir otro Xbox. No pasábamos hambre, pero sí sentía un vacío en el estómago, una idea de escasez que me abría un hueco adentro y que tenía, me imagino, la fuerza del hambre en mi vida.
En enero era más fuerte la angustia. Había que esperar a que «despegara» el año. Veo ahora a mi mamá en su cama, pegada del teléfono, llamando uno a uno a sus contactos empresariales para ofrecerles sus servicios. Los ofrecía sin pena, con disciplina admirable y envidiable.
Había otros signos de escasez, que me despertaban el doble sentimiento de gratitud y tristeza, por darme cuenta de lo que faltaba. Ese mismo 2009 no tuvimos regalo de cumpleaños. Con amor y esfuerzo, mis papás nos compraron una pizza para compartir en la casa entre los cuatro. No fue más, y aun así fue mucho. Fue lo máximo en lo mínimo: era lo que más y mejor podían darnos y, por lo mismo, lo más generoso —pienso aquí, de paso, en la historia evangélica de la viuda pobre que da sus dos monedas de oro enlas ofrendas del Templo—. Me hacía sentir el peso del esfuerzo de mis papás, su tenacidad, pero también me recordaba lo que no nos abundaba, así como lo que sí nos sobraba, lo que mi mamá había elegido por encima de la plata: el amor familiar, el tiempo que podíamos pasar juntos, que era el mismo tiempo que, gracias a que ella era independiente y no debía cumplir un horario de oficina, le permitía recibirme siempre cuando llegaba del colegio.
Parece irrisorio hablar conmovido de estos gestos de «escasez» cuando hay tanta gente en Colombia y el mundo que no llega nunca a una pizza en una casa propia, como era la nuestra. Hay gente que está en la miseria. Nosotros éramos, a pesar de lo que no nos sobraba, unos «bendecidos», como decía mi mamá —y razón tenía—. No falta el que diga que todo esto es «problema de blanquitos» —aunque espero no tener lectores así de bobos, y si los hay les pido que se desuscriban inmediatamente—.
Mi mamá y mi papá siempre practicaron dos virtudes que son las únicas que uno debería tener alrededor del dinero: la generosidad y la gratitud. Siempre dieron de lo que tenían y jamás se quejaron de lo que pudiera faltarles, de ese peso que se le forma a uno cuando empieza a compararse con otros. ¿Que nosotros no viajábamos a Europa, sino, digamos, a la finca en Santa Fe de Antioquia de mi tía abuela Nena? Ambas cosas había que agradecerlas. La pizza tenía el mismo valor que un PlayStation.
La abundancia y la escasez, la generosidad, no se miden objetivamente por cifras del DANE. Pertenecen a la perspectiva. Se es abundante cuando se mira la vida con la gratitud de mis padres. Se piensa en escasez cuando uno es incapaz de ver lo que tiene al frente, como muchas veces me pasaba, o me pasa, a mí.
De mis padres admiro la tenacidad con la que se sobrepusieron a todas las adversidades para darnos a mi hermano y a mí lo mejor. Un excelente colegio, una excelente una universidad, una vida cómoda en Bogotá mientras estudiaba. Muchas cosas que ellos no tuvieron para sí, y que incluso se podían ver por fuera de su alcance, pero que hicieron reales. La mayoría de lo que nos dieron es imposible de tasar material o monetariamente. Lo mejor no fue en dinero: fue su ejemplo y su amor. Fue la frase de mi mamá para evitar varios ascensos y para decidirse a hacer lo que quería: «Prefiero ser feliz a ser importante».
Es tal vez un principio con el que no dejo de leer el mundo, cuando veo cómo hay tanta gente —entre la que me incluyo muchas veces, para mi pesar— que privilegia el honor, la gloria o la fortuna sobre lo que Aristóteles llamaba el fin de fines: la buena vida, la eudaimonia o, en palabras simples, esa felicidad de la que hablaba mi mamá sin haberse leído la Ética a Nicómaco. Es verdaderamente enfermizo que haya tantas personas que entiendan sus logros de vida en función de ascensos, bonos, retornos de inversión y otras cosas que no es que estén mal, sino que solo están bien si se dirigen al Bien, es decir, a la pizza familiar de cumpleaños. O quienes se piensan por el consumo. Si hay algo verdaderamente mal en el capitalismo, es su moral que pone el ingreso o el gasto sobre la suficiencia que solo se consigue con un concepto moral de riqueza.
Hoy soy adulto y veo con admiración la administración que tenían mis padres del dinero, y de muchas otras cosas que componen lo que llamamos una buena vida. Me asombro de la forma en la que se dedicaron a nuestra familia como una obra de arte que exigía todo su talento. Por mucho que sufriera de niño, no entendía la dimensión que puede tener la gestión de un hogar. Hoy la empiezo a vislumbrar. Aun así, ellos no la veían con angustia, sino con alegría. Era la razón de todos sus esfuerzos, lo único para lo que querían un peso de más: para compartirlo con nosotros.
Sé que, como mis padres, hay muchas personas que aparentan tenerlo ya todo o casi todo, pero que también pasan por esfuerzos inimaginables —ocultos para la imaginación de los demás— para mantener su ideal de vida —que no es, como a veces creen quienes juzgan muy rápido, de mantener apariencias o similares, sino de cuidar una cierta comodidad por la que uno está dispuesto a luchar—. A veces descubro cómo mis amigos han pasado por situaciones parecidas en su vida, y los admiro. Me ayuda a entender su carácter. Unos más emprendedores, otros más inversionistas y ahorradores. A veces otros más descuidados con el dinero, como es mi caso, tal vez porque siempre ha sido algo que me abruma mentalmente.
Veo igual que mucha gente no habla de este tipo de situaciones, quizás por un exceso de prudencia típica de la clase media. Creo que es un error. Las personas como mis padres son solo ejemplos de virtudes que todos deberíamos seguir. Lo mismo los padres de muchos más. Una vida lograda con esfuerzo es mucho más emocionante que la que se vive con facilidad.
Muchas familias no llegan a la pobreza, y probablemente estén en el top de ingresos para el DANE, pero sí tienen que vivir los esfuerzos de no saberse ricos, por así decirlo, esa modestia que era la mayor virtud que Borges le atribuía a la clase media —según una reflexión que hiciera cuando era director de la Biblioteca Nacional de Argentina y debía ganarse la vida con un salario al que no estaba acostumbrado antes—: periodos de desempleo o de negocios familiares que no dan lo suficiente, ahorros que se empiezan a reducir, privaciones que no son ni de lujos ni de necesidades básicas, pero sí de «gustos», ese placer que uno se merece como mínima recompensa material al esfuerzo. Y pienso entonces en la cantidad de gustos de los que mis papás llegaron a privarse tan solo para que fuéramos mi hermano y yo los que los tuviéramos.
Los admiro y los quiero. Les agradezco todo.
Un comentario político para acabar.
Esas familias que menciono son a las que el Estado colombiano menos les da y más les quita. Son las que nunca tendrán un político que les deba favores y les devuelva con contratos. Son a las que nunca les van a prometer una casa o un subsidio. Tampoco les van a dar nunca un apoyo para los servicios públicos. De todas formas, estas familias no dejarán de llamar a sus contadores en el segundo semestre para que les ayuden a presentar su declaración de renta sin faltas, ni estrategias de «eficiencia tributaria». Mes a mes verán cómo su empleador les hace retención en la fuente. Pagarán el IVA en sus compras de «gustos». No demorarán el pago del predial. Irán por un celular nuevo cuando les roben el que consiguieron con mucho esfuerzo. Los acusarán de ser ricos parásitos que quieren que les subsidien la gasolina, si llegan a quejarse en conversaciones de pasillo de un aumento que no tienen por qué entender.
Aun así, no se quejarán públicamente. No van a incendiar el país. No harán paros. No irán a gritar al Congreso. No harán graffiti. Les parecerá normal asumir con entereza sus obligaciones ciudadanas.
Frente a esas familias, derecha e izquierda seguirán haciendo exigencias de gasto que solo caerán sobre ellas. Los economistas recomendadores de políticas públicas seguirán pidiendo que rebajen los impuestos corporativos y amplíen «la base», es decir, que nada les bajen a esas familias que acaban por sostener las miles de secretarías culturales, los planes de saberes ancestrales, las evaluaciones de impacto y otro montón de tonterías a las que se comprometió el Estado colombiano. Hoy a esas familias les toca pagar un «bono de solidaridad» (o algo así) que inventó la reforma pensional, a pesar de que muchas de ellas cuiden como puedan su último empleo para lograr una pensión por encima del mínimo —esa que a tantos comentaristas económicos les parece escandalosamente alta, o por la que critican a quienes se pasaban de los fondos privados a Colpensiones—. Y no me malentiendan: estoy muy a favor de la solidaridad con las viudas y los ancianos, pero, antes de cobrar ese bono, hay que hacer mucho más, como cerrar el obsceno Ministerio de la Igualdad o cuestionar las OPS con las que el gobierno actual busca comprar votos para las elecciones del 2026.
Es hora de que alguien defienda el derecho a los gustos de la modesta clase media —sea clase media en términos del DANE, que para la mayoría de quienes están ahí se siente simplemente como pobreza, porque así de miserable y poco próspero este país, sea clase media en los términos que sí entiende y siente todo el mundo—. Es aberrante que este país acepte presupuestos de gasto tan altos cuando los sostiene sobre esas familias, o que acepte reformas tributarias para «tapar huecos fiscales». Debería aprender de esas familias, tal vez de mi mamá: cuando falta, se cambia el gran regalo de cumpleaños por la pizza familiar.

Para honrar el esfuerzo, el enfoque debe pasar de la heroicidad individual al diseño de sistemas.
Los nuevos modelos económicos y políticos deben dejar de depender de la resiliencia estoica de estas familias y basarse en el conocimiento y el comportamiento social.
Me encantó.