La atención
Sobre mi TDAH y las digresiones abiertas
El año empecé una novela nueva. La titulé El corazón derrotado. No sé en qué posición esté en la lista de mis novelas abandonadas, de las frustraciones que, por más de diez años, cuando me dije que quería ser novelista, me han ido convenciendo, con evidencia de sobra, de la idea de ser un escritor fracasado. Como las anteriores, esta novela se me apareció en la mente con la contundencia vivificante de la esperanza, con ese «Ahora sí» que precede cualquier empresa destinada a fracasar. Parecía haber momentum. Todo se había adecuado como lo esperaba: tenía tiempo solitario en mi casa, ya había terminado la maestría en Eafit, mi nuevo trabajo me hacía pensar en libros constantemente.
Empecé. Igual que el resto de escritores de esta época, carecía de tema más allá de mí mismo, y recorría mis anécdotas, opiniones o quejas sobre el mundo. Anhelaba las noches para escribir. Pero, durante la tarde, mientras aún trabajaba, me distraía (y que no me lea Juan David) para empezar una frase que me sirviera cuando regresara a mi casa. Nunca era una frase entera, solo un comienzo que no sabía completar, al que seguía un espacio en blanco en el que se marcaba un relieve de palabras imprecisas, escondidas tras un velo que me impedía adivinar cuáles eran. En mi viaje de regreso en el bus, durante el cual me podía concentrar gracias a que guardaba el celular para que no me lo robaran, buscaba con más ímpetu las palabras, y creía estar a punto de encontrarlas cuando al fin me bajaba para caminar las últimas cuadras hasta mi casa. Cuando abría la puerta, mi resolución de escribir era el entusiasmo de saber que, tan pronto me sentara en mi computador y empezara a cincelar con los dedos el bloque a medio esculpir de los pensamientos brumosos, podría hallar las palabras que me faltaban. Mi mente no me bastaba: necesitaba mis manos. Estaba muy cerca. Pero encontraba la piyama tirada en el piso, que no había alcanzado a doblar porque me había cogido el día por haberme quedado viendo el celular, para enterarme de las «historias» (esas fotos que poco cuentan y que la gente sube a Instagram, y que son casi lo contrario de una historia). Estaba tan seguro de la frase que haría que me permitía primero doblar la piyama, que estaba junto a las medias que había lanzado desde la cama la noche antes, y que tampoco había recogido. Me parecía insoportable escribir con el reblujo en la sala y, como era muy poco lo que me faltaba para llegar al punto final, ponía la piyama sobre la cama, doblaba hacia adentro las mangas de la camiseta y, como ya estaba casi lista, empezaba con el pantalón, al que le alineaba las botas, que aplanaba con la mano, con tres pequeñas palmadas que me recordaban las camisas sin planchar, y entonces me daba la vuelta para mirar en el clóset cuántas eran y decidir si las mandaba a planchar o si, como me había prometido para ahorrar, lo hacía yo mismo, cosa que ya había intentado al menos con una, como atestiguaba la plancha mal guardada que se destacaba en un cajón, y de la que me decía que guardaría después de comer, otra cosa que debía hacer para ahorrar, en lugar de pedir domicilios, que era lo más común, pero la sola evocación de la idea era suficiente para que me acercara a la cocina y, al verla sin lavar, me sintiera derrotado por la grasa pegada a los platos y a los sartenes, y me dijera que esta vez era necesario volver a pedir ramen, para aprovechar el tiempo liberado en organizar la casa, que no estaba tan horrible, pues eran solo tres o cuatro días de desorden acumulado, algo que se hacía en menos de una hora, por lo que, como no había que perder tiempo, tomaba el celular, que no recordaba dónde había dejado, pero que encontraba entre las prendas de la piyama sin terminar de doblar, y entraba a buscar en Rappi mi restaurante, camino de lo cual me topaba con la publicidad del faláfel de un sitio árabe que me gustaba, y me decía que sería bueno descansar del ramen, y tal vez no debería pedir nada, pues pensaba de nuevo en la plata, y se me venían a la mente las promesas idénticas que había hecho otras noches de empezar a comer más en mi casa, y me culpaba por incumplirlas, así como por el desorden acumulado, y entonces decidía volver a darle un doblez más al pantalón de la piyama, a ver si acababa algo, pero no más de uno, puesto que el hambre me volvía a apremiar, con tal fuerza que me tumbaba en la cama antes que ir por el celular para completar el pedido, y cerraba los ojos, con cansancio pero sin sueño, y en la oscuridad de mis párpados veía alejarse las frases, orgullosas, que me reclamaban por haberlas olvidado.
Así eran mi mayoría de intentos de escribir. Avanzaba por párrafos incompletos, a los que no les alcanzaba mi entusiasmo de las primeras palabras para llegar a su punto final.
En diciembre dejé esta novela. Dejé de entender incluso su trama o su historia; se me hizo neblinosa la imagen que había visto en la mente al comienzo. La dejé guardada, perdida en la nube.
En diciembre también entendí algo: de todos esos comportamientos, de todas las derrotas cotidianas que me hacían sentir un fracasado sin remedio, había una explicación que habría rechazado en otro momento de mi vida: el llamado trastorno por déficit de atención e hiperactividad.
En octubre había cambiado de psicólogo. Por mi psiquiatra llegué a un hombre extraordinario y fundamentado llamado Pedro Vélez Pardo, a quien aprovecho para recomendar en la que quizás sea la primera promoción comercial de este blog. La terapia de Pedro ha ido corrigiendo todo aquello por lo que lo busqué. Por favor, dejen ya esos psicólogos «humanistas» y esotéricos, y sobre todo a los psicoanalistas. Vayan donde Pedro. A nadie se lo decía, pero entre septiembre y octubre del año pasado mi existencia podía resumirse en ese verso de Miguel Hernández que dice que no sabe cómo ni por qué se perdona la vida cada día. Desde que arrancamos, además de explicarme mis motivos de consulta en un persistente trastorno obsesivo-compulsivo, de cuya obsesión y compulsiones hablaré luego, Pedro empezó a sospechar que yo era, como dicen hoy, un «neurodivergente».
Me llamará siempre la atención la primera razón de su sospecha. Por raro que le parezca al lector, cada tanto tenía la sensación de que me faltaba la parte de adelante de la cabeza, y con mis comportamientos compulsivos sentía que se volvía a completar; sobre todo, con mi consumo compulsivo de café. Sucede que las personas con TDAH son altamente sensibles a los neuroestimulantes, y yo veía ese efecto en la calma de mis obsesiones. Al mismo tiempo, la tendencia obsesiva con todo —«eres de las mentes más obsesivas que he visto», me dijo Pedro en consulta una vez— era una estrategia adaptativa al TDAH nunca tratado.
Heme aquí desde hace dos meses, usando mis rasgos obsesivos para aprender sobre TDAH —y sobre el sistema jurídico colombiano—.
Entre noviembre y diciembre fui entendiendo todo esto. Primero, el TOC, que no se limita, como creen muchos, a limpiar cuarenta veces el mismo pedazo de mugre. Segundo, el TDAH, que no es tampoco, como se cree, una condición mental, mucho menos una «enfermedad». Y pude por primera vez darles un orden a mis mayores orgullos, pero también a mis frustraciones y tristezas. Hice cierta para mí la conocida sentencia de Spinoza de que no sabemos qué puede un cuerpo, es decir, de que tenemos de nuestro cuerpo una percepción confusa que nos impide conocer la causa de nuestras pasiones y, en consecuencia, dominarlas y alcanzar la beatitud. Mi psicología, sobre todo con un «materialista» como Pedro, ha sido una suerte de somalogía, un conocimiento profundo de mi cuerpo para entender mi mente.
Con el TDAH he entendido muchas cosas de mí. Pero antes un par de comentarios sobre este diagnóstico.
Este «trastorno» tiene un pésimo nombre: déficit de atención e hiperactividad. Quizás lo último es cierto, pero lo primero no: en el TDAH hay exceso de atención.
En el TDAH hay una sensibilidad superior que, por la misma razón, se abruma muy rápido. Si se quiere, el TDAH es ser un alma estética por excelencia, no en el sentido de amar la belleza formal, sino en el de abrirse a ella, en el de activar cada microsensibilidad, al punto de que uno le presta atención a todo, así no retenga nada, y solo fluya de un punto a otro. El TDAH es una multiatención al entorno, que seguramente —esto es pura conjetura— surgió como una respuesta adaptativa en los entornos inseguros y poco definidos, en los que, más que garantizar consistencia, había que garantizar respuestas inmediatas. Es una condición apropiada para el nomadismo, no para el sedentarismo. El TDAH es una experiencia específica de lo que podríamos llamar una imagen del pensamiento nómada.
Es una condición adaptativa altamente útil, vista así, como posibilidad de hipersensibilidad al entorno para respuesta a demandas inesperadas, impredecibles, poco controlables. El problema es que nuestro mundo está construido sobre espacios seguros que quieren definir reglas de control y anticipación. De ahí que el TDAH suela verse como problemático e insuficiente en esos ambientes para los que la evolución no desarrolló esta variedad divergente.
El mejor caso es el colegio. A muchos los diagnostican con TDAH en el colegio solo por una razón: o les va mal en las notas, o «molestan» mucho en clase. Mi caso no fue ese. Siempre me fue muy bien en las materias, pero no porque fuera ordenado y disciplinado, pues siempre acababa estudiando a última hora en los exámenes y solo mis cuadernos eran sucios y caóticos, sino porque amaba el conocimiento y estudiar, y temía mucho el rechazo derivado de incumplir una regla. Entonces mis síntomas, que más tarde me harían difíciles muchas tareas cotidianas, que ya hacían difíciles muchas actividades en la niñez y la adolescencia, pasaban desapercibidos para profesores e instituciones que, en teoría, debían darse cuenta de eso. No lo lamento. No estoy contra la psiquiatría, pero la mayoría de la institución psiquiátrica solo busca adiestrar y amaestrar personas para que dejen de ser problemáticas en los contextos en los que habitan.
Lo que me lleva a otro punto: este «trastorno» no es entendido como una deseable variación evolutiva, propia del devenir creativo de la naturaleza, sino como un desvío de la normalidad. El problema es que esto impide entender realmente ante qué se está, y es una prueba más de cómo se afectan la verdad y el conocimiento por someterse a la normalización disciplinaria, política y económica a la vez. El TDAH puede considerarse como una variación igual a, digamos, los tipos de sangre o los tipos de piel, necesarias para distintos momentos evolutivos, para distintas demandas adaptativas. Es una condición de hecho que trasciende lo mental. Es una condición poligenética que está en todo el cuerpo, no solo en el cerebro.
Aun así, la psiquiatría, la neurología y la psicología están presas de un modelo normativo de conciencia. También lo está la filosofía. Esa define la misma concepción de la mente, a la que se le asigna, normativamente, la unicidad de una intencionalidad que llamamos «atención», capaz de fijarse y mantenerse en su objeto, de detener su objeto ante sí. Esta es la imagen que ha estado en la fenomenología o la llamada filosofía de la mente. Este modelo de conciencia intencional se vuelve en la conciencia que se puede disciplinar; que se hace obediente porque, en lugar de dispersarse en su multiplicidad —razón por la cual el TDAH es, como se dice hoy, «más creativo»—, se mantiene en un objeto único impuesto previamente, un objeto = x al que se remite todo el sentido que se elabora en la conciencia. Pero ese modelo de conciencia no es un «hecho»: es una imagen que hemos construido históricamente de lo que debería ser la conciencia. Entonces todo lo que la experiencia nos muestra como diferente, la experiencia de la diferencia, se toma como peligroso y «trastorno». Al tomarlo así, no lo podemos entender en su realidad, y mucho menos en su potencialidad. Y lo anulamos.
Nunca hasta este momento de mi vida había entendido tan bien algo que dice Deleuze: la conciencia tiene una Urdoxa, es decir, un modelo normativo previo, una imagen del pensamiento que subyace a nuestras imágenes «fácticas» de la mente. La investigación empírica del cerebro es totalmente «inconsciente» de sí misma, por mucho que crea conocer la conciencia. Como somos realmente inconscientes al hablar de la conciencia, como le atribuimos imágenes y formas que no tienen que ver con su auténtica infinitud, nos sometemos a esas imágenes, y al someternos anulamos nuestra propia potencia de pensamiento. Pero la conciencia, para ser libre y feliz, para desplegar lo que puede que desconoce, debe anular todas las imágenes falsas que se forma de sí misma. Lo que ocurre con el TDAH es que no es solo un mal diagnóstico, sino una mala imagen de la conciencia. Eso pasa en general con todos los diagnósticos psiquiátricos. Y es lo que a la vez explica todos sus padecimientos. Para superarlos, hay que tener una conciencia sin conciencia, no una inconsciencia, sino una conciencia libre de toda imagen de sí misma.
Esa es la razón por la que el TDAH causa sufrimiento real. Por un lado, se someten a las personas que lo experimentan a la normalización de la intencionalidad única. Se obliga a hacer «síntesis del objeto», cuando la experiencia estética es la apertura que rompe la unidad falsa del objeto de la conciencia. Por otro lado, se corrige, se regaña, se castiga esa experiencia estética abierta. Se anula la potencialidad de la multiplicidad. El sufrimiento asociado al TDAH solo se supera cuando, uno, ama simplemente lo que es, y no intenta corregirlo ni someterse a las correcciones. Pero, dos, cuando descubre la potencia oculta de esa conciencia, y entonces alcanza un uso superior de sus facultades, esa inteligencia nueva de la que habla Dante al final de la Vida nueva:
Tras la esfera que gira más lejana
pasa el suspiro de mi corazón:
inteligencia nueva, que el Amor
llorando pone en él, lo lleva arriba.
La misericordia por la carne humana se vuelve el mecanismo de hacer brillar la divinidad. He ahí, por cierto, el secreto del cristianismo, la esencia del Evangelio. Esa inteligencia que supera su aspecto terreno, que se descubre en su eternidad escondida, es la que está en el TDAH, pero también en cualquier forma de la experiencia mental que quiere ser corregida, y que por ello se niega a convertirse en «inteligencia nueva», en eso que Deleuze llamara «ejercicio trascendente» de las facultades. Entonces uno convierte eso que lo limita en aquello que lo expande.
Creo algo firmemente: los padecimientos mentales son todas formas potenciales de una conciencia superior. Artaud lo demostró con su experiencia de dolor mental, pero la convirtió en la fuente de su poesía, como escribe aquí:
«Esa diseminación de mis poemas, esos vicios de forma, esa flexión constante de mi pensamiento, hay que atribuirlos no a una falta de ejercicio, de posesión del instrumento que yo manejaba, de desarrollo intelectual; sino a un desmoronamiento central del ama, a una especie de erosión, a la vez esencial y fugaz, del pensamiento, a la pasajera no-posesión de los beneficios materiales de mi desarrollo, a la separación anormal de los elementos del pensamiento (el impulso de pensar en cada una de las estratificaciones del pensamiento, pasando por todos los estados, todas las bifurcaciones, todas las localizaciones del pensamiento y de la forma).
Hay entonces cierta cosa que destruye mi pensamiento; cierta cosa que me impide ser lo que podría ser, pero que me deja, si puedo decirlo así, en suspenso. Cierta cosa furtiva que me roba las palabras que he encontrado, que disminuye mi tensión mental, que destruye poco a poco, en su sustancia, la masa de mi pensamiento, que me roba hasta la memoria de los giros a través de los que uno se expresa y que traducen con exactitud las modulaciones más inseparables, más localizadas, más existentes del pensamiento».
Y esto me lleva a lo verdaderamente valioso de todo esto: he puesto en su vía natural muchos aspectos de mi vida, ahora que entiende mejor mi mente y mi cerebro, que los abrazo con misericordia, pero también he confirmado muchas sospechas que ya tenía sobre mí mismo, en las que creo que está, como dirían los economistas, mi auténtica ventaja competitiva.
Prueba de ello es el nombre que le puse a este blog: digresiones abiertas. Siempre me pareció que la digresión (no «disgresión», por cierto, lector) es lo que caracteriza toda mi manera de ser. Define mi gusto literario y filosófico, así como mi estilo de conversación. Mi vida consiste en abrir un paréntesis en otro. Así es mi mente, mi tal «déficit» que es más bien proliferación y abundancia.
Por eso creo que mis filosofías favoritas han sido siempre de la intensidad, la multiplicidad y el devenir. Detesto la constancia y la estabilidad. Desprecio la disciplina, como escribí aquí hace varios años Todos esos son rasgos filosóficos a los que nos dispone la llamada «neurodivergencia».
Más que «TDAH», tengo una mente digresional. Un espíritu que se mueve por digresiones, es decir, por desviaciones del hilo principal del discurso. Quizás a esto le pueda decir una mente dispersa, procrastinadora y obsesiva. Es fácticamente cierto. Pierdo rápido la atención en las cosas que poco me interesan, y dejo pasar mucho tiempo para realizar aquello que debo, pero que me aburre, angustia o se me dificulta, y en su lugar —o diré: en su tiempo, en largas horas y días— me entrego a lo que más rápidamente me complace. Cuando algo lo hace, me entrego a ese placer sin casi reparar en nada más. Así me puedo dañar mis uñas o perder horas en redes sociales. El placer no es simplemente motivación: se convierte en obsesión. No digo que no haya sido de utilidad ser así. Sé la filosofía que sé no por ninguna disciplina, cosa que siempre he sentido que no tengo aunque me digan lo contrario —y cada día compruebo que he sido yo el que tiene razón, pues siempre he privilegiado el movimiento intensivo sobre el esfuerzo extensivo de la persona verdaderamente disciplinada—, sino que la sé porque tengo «mis periodos» con uno que otro autor, en los que quiero aprender todo sobre él, leerlo todo, intimar con él. No concibo otra forma de aprender que no sea así: obsesivamente. Por la misma razón de que solo conozco la concentración en forma de obsesiones, estoy a la vuelta de una distracción complaciente de dejar algo que deba hacer. Una mente así es una mente necesariamente hedonista.
Mi gusto literario refleja bien mi disposición mental. Así como acabo de describir mi mente bien puedo describir el estilo literario de Proust, y esa es quizás una de las razones por las que, al empezar su libro hace tantos años, me pareció estar leyendo mi vida, observada muy de cerca. Su gusto por los incisos, su hedonismo persistente, su observación de todo lo que pasa desapercibido para la mayoría, su confusión del amor con la obsesión enfermiza (cosa de la que tampoco estoy muy lejos) y, sobre todo, su perpetuo aplazamiento de la escritura, pues nadie ha hecho una obra literaria sobre la procrastinación igual que Proust, son todos signos, para mí, de que Proust tenía una mente digresional y apasionada como la mía.
Su obra es también una buena muestra de que, más que rehuir estas descripciones, hay que tomarlas entre manos para convertirlas en la causa del arte propio, en un ideal ético y estético.
Ahora es la psicología la que me ha dejado entender estos rasgos de mí mismo. No pienso luchar con eso. Y muchas de mis tristezas han empezado a irse. Los diagnósticos no deben tomarse como anuncios de enfermedades, sino como descripciones de las posibilidades de uno mismo. Si escribo esto aquí en mi blog, en un acto de, como dicen tontamente en Instagram, “oversharing”, es porque creo que en la supuesta «impotencia» del pensamiento donde está su única y verdadera potencia. En este caso, en mi mente digresional. Los fenómenos mentales no deben curarse, así como las pasiones no se deben anular: lo que hay que hacer es entenderlas para volverse señor racional de ellas. Solo se puede construir una vida racional si se entiende lo que uno es y actúa desde eso, no si intenta curarlo o superarlo.
Esa es quizás la versión más mundana de lo que Cristo decía: cargar la propia cruz, amarse con lo que uno es, y entender que todo lo que uno es —lo bueno y lo malo por igual— es por eso, no a pesar de eso.

«Soy el hombre menos apropiado del mundo para remontar con cierta ventaja a contracorriente de mi espíritu y de mi gusto; y caigo muy por debajo de la mediocridad a partir del momento en que no encuentro un apasionado placer en lo que hago».
Alexis de Tocqueville